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sábado, 10 de julio de 2010

¿Podemos fabricar súper niños?

Un estudio científico revela como funciona la memoria y plantea un problema ético: ¿Debemos usar la genética par potenciar la inteligencia humana?
¿Pueden ser potenciales genéticamente la memoria y la inteligencia?
Si fuera capaz de hablar, Doogie diría que sí. Doogie es un ratón que vive en el Laboratorio de Biología Molécular de la Universidad de Princeton, en New Jersey (EE.UU).
Su comportamiento en la jaula de cristal no difiere en absoluto del que muestra el resto de sus compañeros, pero basta soltarle en un banco de pruebas para que uno se percate de que se trata de un roedor fuera de serie. Doogie completa con una destreza sin parangón todos los test diseñados para estudiar la capacidad mental de los ratones. Tiene, además, la facultad de aprender las cosas más rápidamente que sus compañeros normales y es capaz d memorizar las experiencias vividas durante un mayor tiempo y adaptarse con más flexibilidad a los cambios ambientales.
En efecto, Doogie es un ratón superdotado. Ahora bien, sus facultades no son naturales, sino que le han sido conferidas por el neurobiológico José Z. Tsien y sus colegas de Princeton, del MIT y de la Universidad de Washington. Mediante ingeniería genética, estos han manipulado un gen, bautizado por los medios de comunicación como el gen de la inteligencia, que participa en la actividad neuronal relacionada con los procesos de memorización. El resultado es un ratón mas listo que los de su especie.
Esperanzas para tratar la enfermedad de Alzheimer
Los responsables de esta investigación afirmaban en un artículo publicado en la revista Nature pasado mes de septiembre lo siguiente: “Nuestras investigaciones sugieren que es factible mejorar genéticamente los atributos mentales y cognitivos de los mamíferos como la inteligencia y la memoria”. Y concluían el escrito con un mensaje alentador. “El ensayo constituye una potencial esperanza para el tratamiento de las enfermedades que afectan al aprendizaje y la memoria, caso del mal de Alzheimer”.
Las críticas no se han hecho esperar. Las voces autorizadas más mordaces aseguran que las conclusiones del equipo de Tsien son “equivocadas, pretenciosas y carentes de verosimilitud” la idea de que los genes -o dicho de otra forma, la herencia- juegan un papel primordial en la inteligencia de las personas levanta ampollas dentro y fuera de la comunidad científica.
Prueba de la sensibilidad social hacia este asunto es el Interés que suscitó en 1994 el libro The Bell Curve. Sus autores, los profesores estadounidenses Richard J. Herrnstein y Charles Murray, aseguraban que el menor cociente intelectual de la raza negra, medido con test de inteligencia, residía en los genes de y que esta deficiencia hereditaria era la causa de su poco éxito social y de su índice de criminalidad más elevado. ¿Pero existen los genes de la inteligencia? En caso afirmativo, ¿Cómo guían el desarrollo cognitivo? ¿Podrá la genética utilizarlos para fabricar niños súper dotados? Es más, ¿Llegado el caso, sería ético manipular el ADN de nuestros hijos para que nazcan con mente ágil y brillante?
Veamos. Para empezar, los científicos no se ponen de acuerdo para definir la inteligencia, una aplicación mental que implica, entre otras cosas, la capacidad de razonar, prever y resolver nuevos problemas, así como captar ideas complejas, pensar en abstracto y aprender y aprovechar la experiencia. Tampoco saben muy bien cómo medirla.
Recuerdos diseminados por toda la cabeza
Para más datos, la ciencia no ha conseguido demostrar la herencia de intelecto. Ahora bien, cada vez son más las evidencias científicas que indican que nuestra mental no solo esta influida por los factores ambientales, sino que en gran medida viene determinada por genes y los productos que fabrican, o sea, las proteinas. Prueba de esto es el ratón transgénico de Princeton. Tal vez Doogie no nos facilite la clave para potenciar la mente humana o curar ciertos trastornos mentales, pero a cambio arroja luz acerca de uno de los grandes misterios de la neurología moderna: el modo en que los recuerdos se imprimen a nivel celular y Molécular en el cerebro.
La memoria constituye, sin dudas alguna, uno de los componentes esenciales de la inteligencia. Los seres vivos, como asegura el neurobiológico Serve Laroche, de la Universidad de París, en Orsay, “adquieren, conservan y utilizan todo un conjunto de informaciones y de conocimientos que son tratados y almacenados por el sistema nervioso”. Gracias a la memoria, el pasado guía nuestra percepción del presente y nos permite anticipar y adoptarnos al futuro. En palabras de Laroche, el recuerdo “ no solo encierra nuestras percepciones, nuestros actos y sus fines, sino también los sentimientos, la imaginación e incluso el camino seguido por los pensamientos. El conjunto de experiencias retenidas en el cerebro es la marca de nuestra identidad”.
Las investigaciones actuales han rectificado esta hipótesis y demuestran que la memoria implica muchas áreas del cerebro. No obstante, existen diferentes tipos de memoria, y ciertas regiones cerebrales son más relevantes que otras en su gestión. A esto hay que añadir que las distintas formas de recuerdo se forjan y almacenan en diferentes sistemas neuronales.
Hasta mitad de siglo, el grueso delos científicos que estudiaban el aprendizaje dudaba de que los recuerdos pudieran localizarse en zonas especificas del encéfalo, o sea, de la masa pensante.
El primero en obtener una prueba fehaciente de los procesos memorísticos están localizados en el encéfalo humano fue el neurocirujano Wilder Penfield, del Instituto Neurológico de Montreal, en los años cuarenta.
Curiosamente, la clave cerebral de la memoria fue facilitada años más tarde por un epiléptico canadiense de 27 años de edad. En 1953, los neurocirujanos decidieron extirparle los lóbulos temporales en ambos lados del cerebro, para así eliminar las crisis que le impedían llevar una vida normal.

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